6/2/08

Courtney Love: la novia de Kong Kong


Creo que el título lo dice todo. No soy la hija de nadie. No soy la mujer de nadie. No soy la zorra de nadie. No soy la viuda de nadie. Soy la madre de alguien. Aparte de eso, no me identifico con esos roles como se supone que debería".
(C.L para una crítica a su disco Nobody's Daughter')
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 Courtney Michelle Harrison nació en San Francisco el 9 de julio de 1964 -cuatro meses antes que yo. Hija de padres hippies que creían en la vida comunitaria y el amor libre, cuenta que tuvo su primer contacto con las drogas a los 3 años, cuando su odioso papá -Hank Harrison, primer mananger de los Grateful Dead y posible pedófilo- le dio a probar el LSD en una fiesta con otros niños. Tiempo después sus padres se separaron y comenzó su odisea infantil yendo de familia en familia. Mal en todas, hasta que se le dio la oportunidad de viajar a Japón -su abuela adinerada le pagó el viaje- donde trabajó como bailarina de streap-trease en lo clubes de Tokio. Fue su primer empujón para una carrera hacia la gloria en el club de las estrellas negras. Y no por su color de piel, precisamente -Courtney parece hecha de nácar- sino por su cosmología: no olvidemos que las estrellas, cuando se apagan, se convierten en agujeros negros. De ahí el nombre de su banda, Hole (agujero). 
Todavía hay gente que define a Courtney Love como "una fuerza de la naturaleza". Una fuerza ya en decadencia -más bien moribunda- pero fuerza aún. Antes de que llegara a casarse con Kurt Cobain ya iba en camino de convertirse en una poderosa rockstar. Venía de golpear puertas en los camerinos de tipos como Alex Cox, de hacerse la autopromo casera, de armar y desarmar bandas de chicas con las medias rotas, y de dormir con gente muy poco recomendable en antros revueltos, condición indispensable para cualquiera que deseara graduarse en el punk. Llegó a la vida de Kurt tan hecha polvo como él, sintiendo verdadero -también como él- lo que reza la canción de los Vaselines, versionada por Nirvana en su único Unplugged en New York: Jesus don't want me for a sunbeam. Suns beams are nothing like me  (Jesús no me quiere como rayo de sol; los rayos de sol nada tienen que ver conmigo). En realidad la canción era una parodia de un himno infantil anglicano titulado Jesús me quiere como su rayito de sol, que él acabó inmortalizando por televisión cinco meses antes de suicidarse a los 27 años, de un tiro de escopeta en su casa de Seattle.
Si hasta ese momento la vida de Courtney Love había sido demencial, tras la muerte de su marido fue una montaña rusa de acusaciones, éxitos, fracasos, caídas, subidones, premios, cirugías, difamaciones, peleas, denuncias, tribunales, pataleos, entradas y salidas en centros de rehabilitación, lucha por la custodia de la hija que tuvo con Kurt y vanos intentos de quitarse el eterno sambenito de viuda negra y loca de atar que seguirá llevando hasta el último día de su vida, mientras hayan fans de Nirvana (60 de los cuales decidieron seguir a su líder después de tan inútil sacrificio, valiéndose de métodos de lo más diversos para poner fin a sus vidas). Lo que nunca podrá negarse es que la muerte de Cobain destruyó para siempre su carrera y su salud.
Por lo tanto, antes de acusar cabría preguntarse quién mató a quién...
La primera vez que oí hablar de ella fue en la película de Milos Forman El escándalo de Larry Flynt. Courtney era la chica de botas texanas y piernas larguísimas que hacía un strip tease delante de un yanqui embobado y se ganaba un puesto en el bar de Larry Flynt, editor de la revista Hulster para hombres, junto con un anillo de bodas que luego la llevaría al infierno. Más o menos como le pasó en la vida real. Me gustó su nombre. Suena a empanadas correntinas con helado de frutilla. Lo que no me cabía en la cabeza era que Courtney pudiera ser la viuda de quien es. Tiene pinta, más bien, de ser la viuda de Mike Tyson o la novia de King Kong.
. El mundo no le perdona que alguna vez llevara la luz del tren y que enarbolara una bandera de guerra poniendo su vagina como escudo. Hubo un tiempo en que intentó convertir su sexualidad en un arma de provocación y redención, y todo lo que consiguió fue acabar con su carrera (proceso que comenzó, como habíamos dicho, con el suicidio del finado). La parte predecible reza que de haber sido hombre, el mundo hubiera dicho: Qué fantástico es Mick Jagger, pero como es mujer, dijeron (naturalmente): ahí va la puta. Éste es un handicap con el que Courtney tendría que haber contado de antemano, porque a la hora de hacer una cruzada de tal calibre es obvio que te tirarán a matar. Pero el problema de Courtney es que su discurso se basa en la queja -y al menos en su caso- no hay una verdadera redención tras la queja, sino sólo rabia y hambre de atención. 
, En Mujeres que corren con los lobos, Clarissa Pinkola Estés afirma que lo importante de la rebelión es que la forma que asuma sea eficaz. Esta reflexión me induce a pensar que quizá Courtney se ha pasado más de la mitad de su vida (y toda su carrera) arrojando piedras sobre su propio tejado. Su rebelión no es más que una pantalla para ocultar algo mucho más doloroso. Esto me recuerda a un álbum de fotos de músicos famosos hecho por un crítico de rock. Todos eran presentados por una característica distintiva. En el caso de Courtney Love, lo que vemos en la foto es el primer plano en escorzo de una mujer tumbada sobre un plateau… en bombacha. Sabemos que es mujer porque lleva calzones (de mujer) y un par de zapatitos de niña, y sabemos que es ella porque lo pone una leyenda. Resulta fácil imaginar lo que ha querido decirnos el autor de las fotos. ¿Sexismo? Tal vez. Pero cuando te propones desafiar al depredador y eres frágil (aunque parezca lo contrario) pueden pasar dos cosas: te conviertes en el depredador, o en su víctima. Si no lo tienes claro, mejor no le pongas la carnaza en la mira. Y si lo haces, hazte cargo de las consecuencias... porque King Kong siempre tendrá más fuerza que tú. 
La diferencia entre Madonna y Courtney Love radica, creo, en que la primera ha sido lo bastante responsable como para no llevarse el espectáculo a casa. La segunda no puede con su vanidad, que es a la vez su marca identitaria y su propio cepo. Una vanidad marcada por un deseo desesperado de ser amada y admirada a cualquier precio, dentro, fuera, abajo y arriba del escenario. El precio de meterse en la boca de la ballena a conciencia -o por pura inconsciencia- es el de su propia parodia, que en vez de reivindicar el rol de la mujer libre, lo degrada y anula, y nos devuelve la penosa imagen de un objeto consumible y auto-consumido, al tiempo en que tira por los suelos su talento. Algo que ella misma se encarga de confesar en Doll parts:
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Soy las partes de una muñeca.
Mala piel, corazón de muñeca: esto representa un cuchillo 
hasta el final de mi vida.
Quiero ser la chica con el pastel más grande.
Él sólo ama esas cosas porque ama verlas rotas
algún día tú sufrirás como yo sufro.
 
Pero destruir las normas establecidas no tiene por qué implicar auto-destruirse. El rol de la destroyer no es más que un producto de mercadiching, un feminismo de pacotilla sustentado en una necesidad desesperada de reconocimiento y no en la genuina reivindicación. Es por eso que hasta no hace mucho se enfrentaba a las azafatas y repartía botellazos a diestra y siniestra en bares y aeropuertos, se sacaba fotos semi-desnuda y era noticia por 24 horas. Es por eso que de vez en cuando saca algún disco quejumbroso, escribe sus memorias y aparece en las presentaciones hollywoodenses y de alta costura. Es por eso que se dejaba rociar por champaña en la tele, jugaba al hockey con alguna que otra cabeza (como la reina de Corazones de Alicia en el País de las Maravillas ¿recuerdan?) y daba sermones a las juezas que la mandaban a la cárcel. Es por eso que iba de Gran Señora redimida tras un largo período de excesos, de maruja reventona con una peluca cara, de loba falsa, de meretriz recién salida de un río sucio, de Caperucita Roja dispuesta a devorarse a toda la jauría, o de dignísima viuda y mártir. 
Sin embargo, a juzgar por la infinita tristeza que hay en su turbia mirada, me da en la espina que pese de todos sus esfuerzos, cada vez que Courtney Love se lanza a otra nueva (y frustrada) carrera hacia el éxito, al final del camino la espera King Kong. Para morir, su ilustre marido eligió el harakiri vertiginoso. Ella elige el bisturí. Evidentemente, Courtney no aprende. Cazador cazado. 
. Hace unos años escuché su último disco Nobody's Daughter (obviamente, hija de nadie), que pasó sin pena ni gloria, como todo lo de ella desde hace por lo menos una década. Verdad que es un disco irregular, pero ¿qué puede esperarse de Courtney? Ella es irregular. Y como yo pertenezco al 33,3 que la ama -y la lamenta- y además me tomo la molestia de escribir sobre ella, no sólo puedo perdonar sus irregularidades, sino que intento dar un paso más allá. Al fin y al cabo hay que saber oír las múltiples capas que tiene una canción, y en el caso de Courtney, las capas entran en una relación conflictiva. Esto no significa que la venga siguiendo de cerca, ya que dejé de escucharla cuando empecé con mi trabajo de saneamiento integral y el rock se me cayó del pináculo. Sin embargo, hace poco me dio por escuchar Letter to God (carta a Dios), una balada escrita por Linda Perry, la ex vocalista de 4 non blondies, que allá por los 90 cantaba con poderosa voz aquella inolvidable What's Up
, Hay en Letter to God una clara referencia a un problema de identidad, que suele afectar mucho a la gente del espectáculo. Linda le pide a Dios que le diga quién es ella y cuál es su propósito, ya que no lo sabe. Puesta la canción en boca de Love, la angustia que contiene hace aguas en su garganta rota. Parece que hubiera sido escrita específicamente para ella, y quizá sea así. Hay que recordar que el disco fue pensado entre las dos, con la colaboración de Billy Corgan, mientras Love estaba en arresto domiciliario. 
 
En el video que verán más abajo, Courtney se planta frente a Dios con rabia y escepticismo, pero se confiesa en sinceridad. Sucia, desfigurada, al borde de la anorexia y probablemente borracha, con su sempiterno cigarro a medio terminar -que en algún momento arroja al suelo con un gesto histriónico- es la viva imagen de alguien que está de vuelta y lleva gastadas por lo menos media docena de vidas. Durante los 3:43 minutos que dura la balada, vemos a una mujer en el exilio de Dios, e incluso más allá de él. No hay arrepentimiento en su relato, lo que hay es el reconocimiento de un no saber. Lo cual es por lo menos un primer paso. Ella no entiende por qué Dios la ha mantenido con vida, cuando sólo quería morir. Ella no entiende quién es, confiesa no haber querido ser nunca lo que es y le pide a Dios saberlo. Ella declara haber perdido todo sentimiento. Ella se siente violada en su rol de persona pública. Nos hace saber que lo ha intentado todo, pero que no sabe nada y no siente nada. La palabra nada (anything, nothing) las chilla con todas sus fuerzas, en el estilo depredador y furioso al que nos tiene acostumbrados. Pero al final su voz se quiebra y termina balbuceando aquello que todo humano llega a decir alguna vez, no importa cuál sea su condición: Please, help me.  
Yo tengo un sino con la gente como Courtney. La gente como ella es despreciada y temida,por eso escribo sobre ella. Lo suyo me suena bastante conocido, así que creo en su redención. Y algo en su fuerza original me hace creer que quizá, algún día... quién sabe. 

1 comentario:

Analía dijo...

Ay, Kurny...
Ya está muerta. Demasiada vanidad, se tiró en picado y no le quedó NADA.
¿Como me había perdido este post?¿Sabés que pensé que hablaba de una cierta peli antigua que nunca me gustó?, por eso lo pasé de largo...
pobre tía...
Yo no sé de qué 33% soy, pero algunas rolas de ella me gustan. Solo, habría que preguntarse una cosa, y es ¿quién mató a quién?
:(
y para vos
:)