7/2/08

Nosotros nunca somos los otros

Hace unos años estaba cenando con unos amigos en Madrid, y a alguien se le ocurrió hacer el típico comentario de lo mal que va el país por culpa de la emigración. Su argumento, si mal no recuerdo, fue más o menos el siguiente:

¿Habeis visto cómo han cambiado las cosas desde que está esta gente? Es que ya no se puede vivir. Hacen ruido, ensucian los parques, traen mogollón de familia… Yo no sé qué vamos a hacer si siguen llegando, porque además no se adaptan ni quieren adaptarse. Y esto, sin hablar de la delincuencia y las mafias. Yo creo que éste (refiriéndose a ZP) va a tener que ponerle un poco de orden al asunto, porque sino estamos todos apañados.

Perfil de la comentarista: mujer mayor de 45 años, española, sin graduado escolar (cosa que le dá muchísima vergüenza admitir), trabaja por horas. Casada desde hace 25 con un señor que hace tiempo fue su marido y con quien comparte una casa porque, de separarse, no tendría donde ir a vivir ni forma de buscarse el sustento. Todo lo que tiene lo compró su marido, pero ella hace y deshace con su dinero lo que le viene en gana. Vive en un piso normal y corriente del extrarradio de Madrid en cuyo edificio no hay emigrantes, y en sus ratos de ocio se dedica a hacer cursillos de “desarrollo personal”.

Éste, más o menos, viene a ser el perfil del españ@l medio que critica la emigración, con argumentos ya más que trasnochados que hasta hace unos años no pasaban del típico vienen aquí a robarnos el trabajo, y que ahora, gracias a los medios, se han convertido en caldo amargo de todos los días.

Siempre que alguien me suelta:

Yo acepto a todo el mundo; me dá igual de donde vengan… mientras vengan a trabajar (a servir) y no a robar…

ya me entra la desconfianza. Es como si a través del argumento, se atajaran. Ésa, justamente, es la gente políticamente correcta que vive de la muletilla y que llegado el momento de buscar un chivo expiatorio, se la toma con el emigrante. O sea, con el extraño. Con la criatura foránea que por llegar sin referencias, merece ser tratada con suspicacia. ¿Cuánta responsibilidad tiene la sociedad receptora de que haya delincuencia? Mucha. (Ya me parece oir los bramidos, como diría Artaud).

Para que el asunto no pase a mayores, yo invito a toda esa gente a un sencillo ejercicio de piensa y olvida, ya que por su excesiva susceptibilidad podría dejarle algún daño colateral, prometiendo, eso sí, que tras el experimento no sufrirán ninguna pérdida de patrimonio y que mantendrán su respetabilidad. Pido que sólo por un momento, se pongan en el lugar del emigrante y piensen lo siguiente:

Estoy solo, sin dinero, sin amigos, sin familia, sin vivienda. Mi casa está al otro lado del mar y no puedo, por más que quiera, volver. Soy negro, marrón, gris, pardo y no tengo papeles. Los demás me miran como si no fuera una persona, sino un extraño. Y es verdad que soy un extraño, ya que no tengo raíces ni referencias. Así que tendré que ser fuerte; muy fuerte. Tendré que sobrevivir como sea y a cualquier precio.

Me dá en la espina que buena parte de esta gente no aguantaría ni diez minutos encima de una patera, y no porque sea “más civilizada” que un emigrante senegalés, sino porque es muy fácil hablar cuando no se ha estado en el pellejo y cuando se sabe que al menos por el momento, no se ha de estar.

Sin embargo, el mundo dá muchas vueltas. Cabe preguntarse entonces qué pasará cuando se acaben los recursos y el neo-capitalismo ya no pueda contra el instinto de superviviencia. El neo-capitalismo es una construcción artificial; el instinto de superviviencia es lo que nos mantiene erguidos sobre el planeta. La emigración, pues, no es una desgracia sino una prueba fehaciente de que el instinto es más fuerte que cualquier construcción artificial. Así pues, el que se oponga a la emigración, se opondrá también a la vida, y si se opone a la vida en este planeta, le desafío a montar una colonia en la Luna o en Marte.

Es necesario tener una visión global de asunto, ser responsables, y no barrer la basura bajo la alfombra. La marginalidad genera delincuencia. Y no es una justificación; es sociología pura. De tanto verte como un extraño, acabas siendo un extraño realmente. Quizá ése sea el origen de los Latin Kings, Panteras Negras, y todo este tipo de bandas a éste y al otro del Atlántico. Estos grupos buscan la unión, el guetto: necesitan oponerse ya no a través de la individualización, sino de una entidad colectiva, que es una manera de mantener la superviviencia en una sociedad que les margina y les excluye. Unos contra otros, así es como hemos llegado hasta aquí.

Será necesario releer el Señor de las moscas.

Luego: ¿por qué se identifica la condición de emigrante con la de trabajador no-cualificado? Se comprenderá que ningún profesional español bien cualificado usará el argumento de aquella señora jamás, ya que dudo mucho que vaya a tener competencia emigrante. Aquí a los emigrantes se les pone un tope. Como se les puso a los emigrantes españoles que llegaron a Latinoamérica tras la posguerra. Sin embargo, las circunstancias sociales eran muy diferentes, porque el emigrante de entonces iba con una formación de pobre a paupérrima: ya lo atestigua la famosa frase m’hijo el dotor, acuñada por los emigrantes italianos que llegaban a nuestras costas con la ilusión de brindar a sus hijos la formación que ellos no habían recibido. Hoy es distinto, porque la educación se ha diversificado, los recursos son muchos y los medios de comunicación están al alcance de cualquiera. Imposible, entonces, aplicar un modelo antiguo sobre un colectivo con características diferentes.

Volviendo al comentario del principio, recuerdo que a mí me dio por saltar en defensa de los emigrantes. A la sazón se produjo un silencio peculiar, casi audible, como el que se percibe en las iglesias, en los accidentes de tráfico o en los tribunales, cuando el juez está a punto de dictar sentencia. Un silencio expectante. Éste se veía reforzado por mi presencia, ya que era la única extranjera invitada a la cena (después comprendí que debí habérmelo tomado como un privilegio de casta) y como suele ser bastante normal a este lado del charco, la gente calla, adopta una actitud pasota, o como diría Theo, se confunde con la tapicería. O todo a la vez. Entonces el amigo de un amigo, uno que había estado observándome durante la cena con mucho interés, va y me suelta:

No, no… perdona. Pero tú no eres sudamericana… ¡tú eres ARGENTINA! No es lo mismo… ¡Tú eres como nosotros!

El hombre (un señor ya mayor) creyó que con su intervención me hacía un favor. El flaco favor de recordarme que yo, por ser argentina, blanca e hija de un europeo, soy de una clase (¿?) superior. El flaco favor de recordarme que mi país (¿?) le echó una mano a España con los barcos que venían a traer el trigo y la carne en épocas de bloqueo, ayuda dada a un dictador por el entonces también dictador Juan Domingo Perón. (NOTA: una referencia histórica curiosa es que mientras aquí se comía el pan blanco hecho con el trigo de Argentina, allí se comía pan negro, que le llamaban entonces, algo que la generación de mis padres vivió malamente, ya que en los 50 se desconocía que el pan de centeno pudiera ser más sano que el de trigo; pero en fin). Ah, y que además los argentinos venimos con una formación superior a la de la media inmigrante (lo cual a la mayoría nos exime de ser calificados como sudacas), que en el 99% de los casos somos descendientes de europeos (como los canadienses, los norte-americanos y los australianos, sólo que a ellos se les trata con mayor beneplácito porque son blanquitos, tienen dinero, y los convenios entre países hacen que sus carreras sean reconocidas por el Ministerio en el módico plazo de 6 meses), y por lo tanto estamos acriollados.

Cosa que no sucede con los ecuatorianos y bolivianos, que han conservado sus raíces indígenas, con pleno derecho, por circunstancias históricas que pasaré a narrar en otro momento, y que dejo en manos de algún lector de los países hermanos que quiera opinar al respecto. En lo referente al tema de los Latin Kings no voy a entrar al trapo, ya que no puede identificarse todo un colectivo con un gropúsculo de marginales, y sí, en cambio, habría que analizar qué es lo que lleva a utilizar a este grupúsculo como chivo expiatorio, lo cual en vez de neutralizarles, les fortalece. La respuesta es sencilla: se les utiliza para justificar la xenofobia, y punto. Antes, fueron los Latin Kings, ayer fue el racista del metro, y mañana vaya a usted a saber quién será. Siempre habrá alguien en quien proyectar esa parte nuestra de la que tanto nos avergonzamos.

A groso modo, diré que cuando hay miedo, egoísmo y desidia, es parte de la naturaleza humana rechazar lo diferente y creerse de una condición o casta “superior”, con un representante de casta superior a la cabeza. Y la casta la dá una Familia, un Uniforme o una Iglesia, que son las que condicionan la Ideología. Aquí cabe preguntarse si es la derecha una ideología o debería hablarse, más bien, de costumbres heredadas. Porque es difícil que la derecha admita la legitimidad de otra ideología que no sea la suya; y en mi opinión, una ideología que no admite su opuesto es una incongruencia. Si no queremos que el concepto de ideología desaparezca completamente, es necesario que no sólo haya una, sino más. Ahora, si todo lo que se persigue es la implantación de una ideología única, bastará con atenerse a las costumbres. Costumbres aceptadas porque han sido heredadas, y todo lo que ha sido heredado es incuestionable.

¿Por qué se cuestiona entonces la legalidad o ilegalidad de los emigrantes íberoamericanos, muchos de los cuales descienden por línea materna y paterna de emigrantes íberos o europeos?¿Acaso el desprecio hacia ellos no representa, de alguna manera, la negación de un pasado bastante reciente, una supina falta de reflexión y una xenofobia encubierta disfrazada de “buenas costumbres”, además de un desprecio hacia si mismos?

Objeción: “No, perdona, mi familia NO emigró” (los que emigraron eran rojos, mi familia NO; los que emigraron eran pobres, mi familia NO; los que emigraron eran unos cobardes, mi familia NO; y así un largo etcétera).

Hay demasiadas cosas de las que no se habla y demasiada historia que ha quedado sepultada. Solo aparentemente sepultada, porque basta con darse una vuelta por algún foro o salir a tomar una copa para comprobar que lo siniestro sigue estando vigente. Me recuerda a un libro de León Blum que leí hace ya muchos años, “Educación para la muerte”. El libro narra como, en épocas del Tercer Reich, los niños eran educados en la ideología nazi desde el parvulario (los pimpf), en cuyo entrenamiento la primera regla a seguir era aprender el saludo de brazo alzado (Heil, Hitler). Se imponía, entre otras cosas, que las muchachas de instituto fueran entrenadas para tener relaciones sexuales desde temprana edad, con la única finalidad de preñarse y traer al mundo más soldados de raza aria, y una sarta de barbaridades que si se conocieran, podría comprenderse mejor el fenómeno de los cabezas rapadas (que al fin y al cabo no es tanto un fenómeno como la pura consecuencia de un totalitarismo con raíces muy bien plantadas).

Objeción: “Perdona, pero en España NO hay racismo”. Estupendo. ¿Conoceis algún país donde no haya racismo? Yo no. La objeción continúa con la siguiente frase envenenada: “Así que vete a Francia, donde seguramente te tratarán mejor”.

Hay quien se sirve de los tópicos para tirar piedras sobre su propio tejado, y encima ni se entera. Un claro ejemplo de que el problema no es que en España haya racismo, sino que LO HAY, pero no se admite. Y todo lo que no se admite, es que se consiente. Con semejante argumento, es fácil concluir que la incapacidad de razonamiento que tiene cierta gente a la hora de argumentar raya con la estupidez. Sin ánimo de subestimar a los perros, sería como tirarle una pelota a uno y que salga corriendo en sentido contrario para demostrar su increíble capacidad de reflejo. Por eso hay tanto inmigrante que calla; no porque sea tonto o porque deba guardar silencio ante el señor, sino porque deduce (hay que deducir, de vez en cuando) que no tiene mucho caso entrar en estos berengenales sobre los que a mí tanto me gusta machacar, que ofenden a las mentes bien-pensantes y hace que se rasguen las vestiduras los new-guays pos-modernos de la nueva guardia progre. El emigrante pragmático que ha venido aquí para girar algo de dinero a su tierra y llevar allí una vida algo más digna, callará. Pero habrá quien golpee, y golpee fuerte y por la espalda. Habrá quien golpee como no pudieron hacerlo padres, abuelos y bisabuelos.

Y seguirá golpeando. Como golpearía yo. Como golpearías tú. Como golpearía cualquier hijo de vecino si no pudiera tener su tina bien caliente y su cena de Navidad. La especie humana es la especie humana, sea aquí o en las estepas de África; cuando la dignidad se ve pisoteada, reacciona con violencia. No nos engañemos. Esto no se soluciona mandando a 60 africanos en un autobus de vuelta a Senegal. No se resuelve poniendo vallas. Esa gente no va a desaparecer como por arte de magia: está ahí, existe.

Quienes logren pasar desafiando al stablishment, se mezclarán entre nosotros tal como lo hacen ahora, y la “pureza” (¿?) cederá su lugar al mestizaje. Algo que ya está sucediendo. Algo que seguirá sucediendo, si las autoridades de los países desarrollados hace más por evitar la inmigración ilegal (nosotros estamos de puta madre; no vengais a molestar) que por sanear la pobreza de los países abastecedores (definidos con el eufemismo de “países en vías de desarrollo”). Y éste es sólo el comienzo. Verdad que el continente africano está en vías de extinción por el lento genocidio que se viene purgando desde el siglo XIX, pero la gente sigue llegando y habrá que ocuparse de los 900 millones que quedan allí, o mirar a otra parte y hacer como el avestruz. O continuar impunemente con el proyecto de emplearles como mano de obra barata, y en negro (que total son negros). Y cuando se porten mal, se les meterá en un autobus y al que intente escaparse se le pondrá una camisa de fuerza “para que no se autolesione”. Y todo para que una noche de ésas que nunca faltan, a una señora políticamente correcta, con un cinturón a juego con un par de zapatos comprado en los chinos diga:

¿Habeis visto cómo han cambiado las cosas desde que está esta gente?

Y claro que han cambiado, señora mía. Y seguirán cambiando. Ya se acabaron los tiempos en que era bueno emigrar. Ya no es como en los ’70 y ’80, que la gente emigraba animada por el ideal romántico del progreso. Hoy en día, la gente emigra por necesidad, que no decir por desesperación. Se acabaron, también, los tiempos en que podía importarse el gas y el petróleo de los “países en vías de desarrollo” sin que el asunto trajera consecuencias nefastas a la economía de dichos países, y a la larga, emigración. Un ejemplo de ello es Repsol YPF, cuyas siglas significan Yacimientos Petrolíferos Fiscales, que fue un negociado hecho por el entonces presidente Ménem con la empresa REPSOL, bajo el gobierno de Aznar, en cuya cláusula se establece que España no sólo podrá hacer usufructo de nuestro petróleo (la sangre de la tierra, como dijo un cacique Mapuche) durante el lapso establecido por el contrato, sino que podrá hacerlo ad aeternum. Hoy mismo, y bajo el gobierno de Cristina Kirchner, REPSOL quiere deshacerse de YPF. ¿Quién dá más? En el medio, están las personas. Así ad aeternum.

Yo, como argentina, pido perdón en mi nombre y en el de todo mi pueblo, por los desmanes de ciertos dirigentes que no nos representan y que llegado el momento de realizar convenios entre países nos dejan en el desamparo y la exclusión. Pido perdón como ciudadana del mundo, por el prejuicio y la xenofobia vertida tanto por los medios, como por un colectivo que desconoce de dónde viene el gas que le calienta en invierno, la carne, el pescado, el agua, y otros cien recursos para la subsistencia, avergonzando a los españoles genuinamente progresistas que no le pierden rastro a su memoria y que hacen de este país una tierra rica por su mestizaje y por lo tanto digna de ser vivida. A ellos, y no a los otros, está dedicado este post.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mis respestos a la decencia del autor/autora de esta entrada. Saludos,
Argyro

RAB//. dijo...

Muchas gracias. Esa decencia me trajo de regreso. Un saludo