7/2/08

¿Quién se engaña con Jessica Rabbit?

Quién no se ha puesto pensar alguna vez en la forma que tienen las nubes? Parece que nuestra mente tuviera una habilidad natural para hacer encajar las formas abstractas en esquemas concretos reconocibles por la experiencia. Conciente de ello, hubo alguien por ahí al que le dio por inventarse un test proyectivo basado en manchas completamente abstractas, que luego procedía a mostrar a sus pacientes a fin de que estos le indicaran qué era lo que veían en ellas; hechos relacionados con su vida cotidiana, fantasías, recuerdos… bueno, ya conoceis el test de Roscharch. A la gente que le gusta la pintura abstracta, cuando le preguntas qué es lo que le atrae especialmente de la abstracción suele responder: “No sé, es que me hace pensar en (lo que sea)”; o: “Me gusta porque puede ser cualquier cosa, lo que yo quiera”. Los más refinados suelen decir incluso: “Me gusta porque no me condiciona”
¿Os habeis puesto a pensar alguna vez en la forma que tienen los continentes? Pregunta ociosa: ¿tendrá nuestra proyección subjetiva sobre una forma supuestamente aleatoria, alguna relación con la naturaleza de esa forma? Es la pregunta que me hice cuando decidí escribir este post, y como soy una tía muy imaginativa, estuve dándole vueltas al asunto y me pareció que encajaba. Es como un juego de niños: ¿qué veis en la forma del continente americano? Pues yo veo a Jessica Rabbit, la mujer de Roger Rabbit. O bien a Rita Hayworth antes de que Glenn Ford le pegara aquella memorable hostia que, según cuentan, fue de verdad: ancha espalda, cintura estrecha y un pubis de ametralladora avanzando sobre el tronco, y en oblícuo. La típica pose de la vampiresa desaprensiva y sinuosa. A este juego los cognitivos le llaman pareidolia.
La gente del campo sabe que por la forma de una nube puede saberse si va a llover finito o no. Ni hablar de los meteorólogos. Así que, más allá de las peregrinas asociaciones que pueda hacerse entre la forma de un continente y la mujer de Roger Rabbit, parece ser que la posición sí que cuenta. En parte, quizá se trate de una pareidolia cultural, y en parte es un hecho geopolítico que no es lo mismo estar al norte… que al sur, al este que al oeste, colgar de un estrecho, vivir entre dos grandes bloques continentales, estar justo al medio -como la guinda del pastel- o crecer en un iglú.
Hace algunos años, un especialista definió a la Argentina como un país isla. Para mí encaja. En Argentina todo parece distante. Hasta el cielo parece más alto. Y tomando en cuenta los escasos presupuestos destinados a mejorar el transporte, recorrer el país “desde Ushuaia a la Quiaca”, suele ser una aventura similar a la de Ulises. Nuestras relaciones con los países vecinos, digan lo que digan embajadores y diplomáticos, no es buena, y para agravar la situación, Buenos Aires, con su política unitaria aparentemente federal, ya es en sí una isla dentro de una isla: en ella viven y se desagran las dos terceras partes de la escasa población del país, haciendo que gran parte de los recursos estén destinados a la mayoría que vive en dicha provincia, mientras el resto de la chacra se pudre en el olvido. Pareidólicamente hablando, Ushuaia -la ciudad más austral del mundo- viene a ser algo así como el afilado tacón de Jessica Rabbit.
U.S.A, entre Canadá al norte y México al sur, si bien no es la cabeza de la dama, se presenta al centro-sur, en la zona plexo, y se hace llamar a si misma United States of América. ( NOTA: ¿Habeis visto las vueltas que he dado para llegar hasta aquí? Lo habeis pillado ¿verdad? Ya os vais dado cuenta de a dónde quería llegar yo con mis prolegómenos cognitivos. Otro panfleto anti-gringo. Un tanto pintoresco, eso sí, pero panfleto al fin).
Sin embargo no es así. Ni se me ocurriría hablar sobre la tan discutida dicotomía Sudamérica-Norteamérica: ¿por qué ellos se hacen llamar americanos, si americanos somos todos, los del norte y los de sur? E hilando más fino: ¿no sería más correcto llamarles USAamericanos en vez de norte-americanos, ya que en América del Norte hay además otros dos países (tres, si no nos olvidamos de Groenlandia, que pertenece a Dinamarca)? Y, más espinoso aún: ¿Por qué estos imperialistas de mierda llaman a su país Estados Unidos de América como si ellos fueran los únicos americanos del continente? He notado que en muchos blogs, y por supuesto en la calle, la gente empieza a usar el término USAamericano. Ya se está volviendo una moda progre. En lo personal, para mí son y serán siempre los yanquis, y esto ya se lo sabe hasta mi amiga Vicky, que es estadounidense y la persona más inteligente que conozco. Vicky se ríe a carcajadas de los clissés, y pasa de ellos con una generosidad tan humana que hablar con ella, además de ser un placer, hace que te olvides de las geografías. Es demasiado real como para perderse en un clissé. Hace tiempo la presenté a un amigo vasco que a su vez la presentó a sus amigos diciendo: “Bueno, ella es americana… pero mola”. En esa ocasión Vicky no fue tan generosa y a los diez minutos se largó de la fiesta, conmigo a la zaga.
Desde luego, utilizar a Vicky para argumentar que el pueblo estadounidense no es tan malo como parece, sería tan gratuito como afirmar a rajatabla que todo estadounidense es ignorante, estúpido e insensible como Bush, porque no sólo tiene cara de Rata, sino que se comporta como tal. Pero la quiero, quiero a su familia, les conozco… y creedme que también sufren de acné, padecen hemorroides, leen, putean en los atascos, cagan, lloran, sienten… y es más: hasta ellos quieren ser funcionarios. Y aunque parezca extraño, ellos también son víctimas de la xenofobia (una xenofobia al revés, pero xenofobia al fin). Me lo dijo ella misma, que vivió en seis países diferentes y no es uno de los Panteras Negras, ya que dado su color blanco, blanquísimo, no la aceptarían en sus filas. La mona, aunque se vista de seda, mona se queda, y a estas alturas y en vistas de cómo gestionamos los recursos que hay en el planeta, dudo mucho que alguien vaya a tragarse el hueso de que somos una especie mucho más evolucionada que el chimpacé, sea donde sea que hayamos nacido y sea lo que sea que signifique una nube.
Lo que no entiendo es por qué los progresistas del mundo se cogen unos pedos brutales con resaca incluída discutiendo sobre el origen del nombre. América es eso: un solo continente. Un solo cuerpo. Es decir, una sola cuenta bancaria: la de United States of América. Por debajo de su estrecha cintura -el eje dionisíaco centroamericano- se extiende América del Sur: largas piernas, ancho vientre, caderas generosas. Tanto como para albergar los más robustos embriones petrolíferos del continente. El año pasado se firmó el acuerdo para la explotación de Pascua Lama, un importante yacimiento de cobre, oro y plata, que se encuentra justo debajo de un glaciar, entre Chile y Argentina. Los ecologistas protestaron, pero las piernas de América acabaron firmando el acuerdo. ¿Alguien pone en duda que América esté en manos de América?
En el yoga, el plexo solar es reconocido como tercer chakra o manipura. Si le tienes equilibrado hay gran poder personal; si está desequilibrado, surjen la codicia y la agresividad. El poder de América está en el plexo; el resto, responde a sus necesidades personales. Esto no me lo he inventado yo, es un conocimiento que responde a varios miles de años de antigüedad. Los chinos creen (cuidado con los chinos, por cierto) que los órganos del cuerpo no funcionan de forma independiente, sino que unos influyen sobre otros. Cuando concentramos toda la energía sobre una parte, surjen las enfermedades.
El cáncer, por ejemplo: 4 de julio de 1776. ¿Os suena? ¡Hombre!¿Cómo no os va a sonar? Recordad Nacido el 4 de julio, aquella mala película interpretada por el siempre riente Tom Cruise, y todas las teleseries que nos vienen restregando desde que se inventó el cine (y la televisión, como diría Alistair Crowley, el más eficiente instrumento de adoctrinamiento inventado jamás). La única manera que tiene el cuerpo de quejarse es la enfermedad, y cuando un órgano se queja, puede volverse un déspota. Por eso me da risa cuando en Europa se critica a los líderes populistas (otra denominación que se ha puesto de moda) de Latinoamérica, y parecen olvidar que donde hay hambre no puede haber democracia. Mientras Juan Carlos de Borbón pretendía hacer callar a Chávez, George Bush, el Rata, aplaudía en el despacho oval.
Antes de acabar con esta entrada, quisiera aclarar que no estoy en contra del pueblo estadounidense. Estoy en contra del pueblo humano -llamado así por extensión, incluído el estadounidense- incapaz de asumir una posición ideológica propia, basada en experiencias propias, cerrada al discenso y al puñetazo verbal con fundamento. Estoy hasta los ovarios de escuchar estupideces sobre los americanos surgidas de mentes bienpensantes y progres que gestionan el futuro del mundo mientras se comen una hamburguesa en un Mc Donald. Hasta el plexo de oir como los americanos nos venden su cultura mientras nos compramos un Mp4. Hasta las orejas de escuchar que Europa sigue manteniendo su autonomía ideológica, mientras Sarkozy y Gordon Brown se dan la mano y piensan en construir una sutil línea Maginot que retenga a los pobres fuera de sus fronteras, como lo ha hecho George Bush con su Ley del Muro en la frontera con Méjico. Hasta el útero de ver como todo el mundo sucumbe a los cristales de colores del Corte Inglés y al roscón de Reyes (¿el pavo del Día de Acción de Gracias?) cuando llegan las Navidades con las excusa de que son sólo cuatro días. Hasta las piernas de escuchar que los americanos no saben dónde queda, por ejemplo, Grecia… y son incapaces de distinguir una iglesia de una catedral, cuando en realidad no tienen por qué hacerlo, ya que en América nunca hubo Edad Media y nunca hubo maestros canteros. Hasta los pulmones de oir cómo los aztecas hacían sacrifícios humanos mientras los adelantados europeos le daban garrote vil a los rebeldes.
¿El mundo ha cambiado desde que es mundo? No. Todos los imperialismos son transferibles y Jéssica aprendió muy bien la lección. Entonces, no nos engañemos. ¿Quién tiene la culpa, pues, el perro o el que le dá de comer? Se lo preguntamos a Danny De Vitto.

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