6/2/08

La paradoxia de Lydia Lunch


Yo andaba buscando la biografía de Joaquín Sabina y ella se me cayó encima del pie. Entonces me agaché, la abrí y me apareció una frase: Los nombres no han sido cambiados para proteger inocentes. Aquí todos son culpables.
Le eché una ojeada a la tapa y me apareció una donna pelirroja de piel rosa aterciopelada retando a la cámara con un rictus antropofágico y esa mirada de animal de presa que ella tiene. Paradoxia: diario de una depredadora. Guau. Y el señor Hubert Selby Jr. que va y dice: Lector, cuando leas este libro te enfrentarás cara a cara con ciertos aspectos de ti mismo que hasta ahora has evitado y que, quizá, te gustaría seguir evitando. Si tienes el coraje de leerlo con mente y corazón abiertos, probablemente tendrás también el coraje de mirar un poco más dentro de ti mismo y quizá te preguntarás como yo si todos somos inocentes.
Vamos, que el que esté libre de pecados... Guau dos veces.
Me acuerdo que fue en la FNAC de Madrid, mi biblioteca interactiva favorita, donde encontré las Canciones de la revolución de Julian Beck, en una edición de 1978 que ni sé cómo fue a parar a un estante, donde me pillé El erotismo de Bataille y donde me tragué el anzuelo de que la novela de J.T Leroy, Sarah es buena, cosa que nunca ha sido ni va a ser verdad, pero eso lo dejamos para otra porque ahora lo que importa es Lydia. Menuda donna, esta Lydia. La foto que os dejo es la que más me gustó de las pocas que pude encontrar. Otra musa de la movida neoyorquense posterior a Patty Smith, y quizá la más abrumadora deidad de la No Wave.
Poeta, fotógrafa, performer, compositora, cantante, y visionaria, Lydia Lunch empezó su andadura vital trabajando como prostituta de todo servicio en las calles, callecitas y callejones de Nueva York cuando rondaba los catorce, y se entiende si tomamos en cuenta que ella misma confiesa haber sido engendrada en el asiento trasero de un viejo Chevy. Lunch se vale de esta anécdota para abrir su relato supuestamente autobiográfico y meterse a saco, en seco y de lleno en el grado cero de los goces y los dolores más extremos, lo que hoy en día se conoce como fanzine virtual para gordos y calvos navegadores de webs infames.
Pero la verdad es que todo ese morbo ella lo vivió en carne propia y en espacios reales, y el hecho de que lo haya disfrutado no resulta tanto más curioso que su par de ovarios envueltos en tintura de amianto a la hora de hacer su confesión. Lo llamativo es que Lydia Lunch no se lamenta de haber pasado por ahí, ella no hace una apología de los desesperados. No. Su prosa es seca, rotunda, perspicaz y macarra, pero es también lírica, y se disfruta de cabo a rabo, aunque ciertos momentos huelan a ficción absoluta y no entiendas muy bien cómo salta esta chica de una cama de hotel pringoso a dictar una cátedra de performance en San Francisco. ¿Qué más dá? Basta con saber que tanto en España como en Latinoamérica una escritora como ella no conseguiría jamás asomar la cabeza del erial, por mucho talento y muy buen canalillo que tenga, y dudo que algún editor se atreviera a publicarla. Y es que mutantes como ella sólo pueden existir allí. Lydia Lunch es el monstruito practicando su propio exorcismo, porque sólo una sociedad como aquélla se permite perdonar a sus monstruos: al fin y al cabo, ésta es la finalidad del espectáculo. Ella lo sabe, y también sabe cómo usarlo a su favor y devolvérselo al público en forma de un producto experimental que ya ha hecho historia.Paradoxia es parte de ese producto y para mí ha sido sólo la punta del iceberg. La tengo aquí al lado, hecha de papel y de fresa. Me gustan los hombres, lo juro. Pero ella me encanta. Y espero que me entendais.


Paradoxia: diario de una depredadora (Lydia Lunch, 1997)- Ed. La Máscara

2 comentarios:

Raticulina dijo...

Con las influencias que mencionas en tu primerísimo post, de las cuales comparto muchas, me anoto a Lydia Lunch para próximas lecturas.

Besos

Hipatia de Alejandría dijo...

Siendo escorpio serpiente, te va a encantar :)