14/4/10

Pastel de manzanas con canela al ron.


Para Christian

Hablo de Artaud y de sus cables conectados a las piedras de un abismo iluminado. Del monje francés turista perpétuo de Sodoma, Villòn, que se escondió tan bien de la historia que hasta Gomorra le perdió el rastro.
Hablo de Henry, que nunca durmió bajo un puente, ¿cómo iba a hacerlo, si Anaïs le preparaba el tálamo cada noche en las riberas oscuras del Pont Neuf? (dijeron que era un pornógrafo, pero hubo vulvas parlantes que no escamotearon jamás esa cara que parecía una roca: algo tendría Henry por mucho que se le retorcieran los magistrados).
Hablo de Armando Buscarini, que vendía sus poemas al precio de una zambullida por el acueducto, cuando los alcaldes de Madrid no pensaban aún en frustrar las aspiraciones de los desesperanzados.
Hablo de Delmore Schwartz y su coma etílico en quién sabe qué hotel del gran Sahara neoyorquino. Delmore se fue lentamente, dejando un discípulo: Lou Reed, al que después de los conciertos dos gorilas empotraban en una limusina, que es lo que él mismo mentía a los periodistas novatos. Lou tenía una estrella en la mano, y debió ser Delmore quien le enseñara a sostenerla. Cuando sabes de cables y paletas de madera bajo la lengua, se hace necesario que alguien te lo advierta: “escribe poesía, chico, y verás cómo empieza a doler de veras”.
Hablo de Sylvia, cuya campana, como sabemos, era demasiado frágil: antes de meter la cabeza en el agujero, se dibujó una medialuna imaginaria en la muñeca con una astilla de cristal.
Hablo de Alejandra, la Pizarnik, la huerfanita que se quedó sin sintáxis, porque rota eres y al roto volverás. Oh, rota de mi corazón: sus ojos eran como bocas adictas a la gula por un amor que no llegaba nunca (¿qué otro motivo podría haber para que tuviera una mirada como ésa?) y así se fue la pobre: decepcionada, porque las palabras no le daban el poema perfecto.
Hablo de Osvaldo Lamborguini, “el negro”, tomando mate amargo en lo de Pirí Lugones, que fue la nieta del Lugones original, aquel que decidiera, según algún biógrafo, “tener una muerte de sirvienta”, como siempre: en un hotel.
Hablo de Ian Curtis, el de la soga en la cocina (¿o era un cinturón?¿corbata, quizá?) con esa voz tan Morrison pero sin chicha. Lúgubre el Ian, cantaba unas canciones discordantes, la versión adulta de un niño que ha perdido la esperanza de salir del closer. No dejó escuela, Ian (y si la dejó, mejor que no lo hiciera) porque la gente como él rompe con cadenas, dejando siempre un eslabón solitario. El agujero en la constelación.
Hablo, por supuesto, de Vincent “la muletilla” Van Gogh, y su oreja expuesta en la ventana de un supuesto prostíbulo en las que todas las putas eran castas (o quién sabe, también pudo ser en la iglesia, que mucha diferencia no hay). De la bala que, dicen, se metió él mismo en el estómago. De su dispépsia coronaria, que el doctor Gachet nunca supo auscultarle.
Hablo de Baudelaire, que tan bien supo sacarle el jugo a sus espinas. Quizá debiera haber sido actor, don Charles, por lo bien que vendió su malditismo. Supo, desde luego, hacer escuela: “soy la daga y el cuchillo; soy la bofetada y la mejilla”, sin embargo, se echan de menos los cuchillos afilados y hay, sí, mucha daga de diseño.
Hablo de Leopoldo María Panero, el vendedor de pan de los hospicios. Pasar el rato en el hospicio sin las Iluminaciones de don Leopoldo será allí más largo que un día sin pan. El tiempo, según Panero, otro invento del Gran Artaud español que nunca se cortará… porque de tan loco, quizá esté demasiado cuerdo.
Hablo de Virginia Woolf, que sabía ser seis a la vez, y ninguno, siempre de perfil y nunca entera para sí misma, y siempre entera para los seis…
Uff... sea por falta de tiempo, de ganas, o por ignorancia, no se me ocurre ahora alguna otra mujer. Mejor. Parece que las mujeres somos menos propensas al malditismo (y los suicidios). Venimos al mundo, dicen, con un talento innato: la nutrición. ¿A quién se le ocurriría negar que a la hora de la verdad, un buen pastel, una buena carbonada de verduras, un sencillo aunque delicioso salpicón de setas, o lo que fuere, resultará más vital y necesario que toda la poesía del mundo? El talento que no hará historia en los estantes de la mejor biblioteca, es el que hará posible esa historia. Y todas las demás. Quienes afirman, pues, que cocinar es un arte, no sólo dan en el clavo: anulan de antemano la única cuestión filosófica, que ya sabemos cuál es. La muerte casi nunca se atreve en las cocinas -el caso de Ian es excepcional. Porque al muerte le espantan los aromas embriagantes de los buenos guisos. Más le espantan, sin embargo, esas manos que trabajan en silencio, sin otra ambición que no sea nutrir con gozo. Ya hubiera querido Vincent tener una madre, una hermana, una abuela -o abuelo, por qué no- que le pusiera a la mesa un pastel de manzanas con canela al ron. Un pastel amorosamente servido a tiempo pudo cambiarle el futuro al pobre Vincent. Si no os lo creeis, es que no estais entendiendo este post. Pero me consta que lo entendeis, que lo creeis, o por lo menos... que quereis creerlo. Y además que lo sabeis.

3 comentarios:

Analía unblog dijo...

Qué bueno, tu post me recuerda que por lo menos en el fondo, sigo siendo una niña. Yo sí que tuve TARTA jjajajaj de manzana, al ron no recuerdo, creo que no... pero tarta tuve, y lo buñuelos que me hacía mi abuela. Quiero tomarme el resto del post como una especie de homenaje a alguien desconocido, pero creo que lo decís todo en una frase: un pastel amorosamente servido a tiempo pudo cambiarle el futuro al pobre Vincent. Y claro que se entiende, que se prefiera guardar silencio ya es otra cuestión :)
Me alegro por lo otro, aunque creo que eso ya te lo dije. Pero igual te lo vuelvo a decir: me alegro.
Un abrazo.

jcaguirre dijo...

Muye genial la alusión al viaducto justo al lado de la catedral. De las cosas más miserables sucedidas en Madrid en décadas... Cuando el alcalde "Paleto Manzano" lo tapió con cristal... La plebe no supo ver el atropello y desde entonces la ciudad languidece...

Pues si, todo se reduce a un buen pastel a tiempo... Así de simple. De ahí la importancia de saber de pastelería; pastelería contemporánea y retroactiva.

R.A.B dijo...

Carlos, lo de Buscarini no está novelado, es lo que cuentan que el poeta hacía. Genial el juego de palabras, pero admitamos que es tuyo. A mí no se me hubiera ocurrido en la vida jajjajaja...

Y sí, Ana, un pastel a tiempo siempre salva la vida. Y es tan sencillo hacerlo... si te lo piensas. Por eso siempre he admirado a las cocineras: mientras la peña habla, ella permanecen a la sombra preparando el combustible, la mar de las veces delicioso, que nos dará fuerzas para seguir parloteando, o lo que sea. Lamentablemente, no siempre quien nos nutre es quien nos ama. Si amor y nutrición coincidieran en todos los casos ¡¡cuántos suicidios podrían evitarse!!