25/10/11

Conciencia / Ayahuasca

Actualizado dic. de 2013

La ayahuasca -en quéchua, soga de las almas- es un psicoactivo que corrientes más actuales definen como enteógeno. El término deriva del griego, en el que éntheos significa "dios dentro de"; y génos: origen, nacimiento. Por lo tanto, enteógeno significaría devenir divino por dentro. Quienes lo llaman así se basaron en las escuelas de misterios de la Grecia antigua -lo misterios de Eleusis-, donde los iniciados se reunían para tomar un brebaje que les conectaba con su parte sagrada, lo cual ha sido siempre una costumbre común a todos los pueblos, y quizá la más antigua forma de buscar a Dios. 
En el caso de la ayahuasca, se trata de un preparado vegetal que al ser ingerido provoca un estado modificado de conciencia. Intuyo que la distinción entre el significado de enteógeno y alucinógeno supondría entrar en una discusión de tipo filosófico y moral que dejaremos para otra ocasión.
Químicamente, la ayahuasca es un brebaje combinado que lleva una IMAO, inhibidor de la monoaminoxidasa, una encima presente en el estómago; y DMT -dimetiltriptamina- una hormona natural presente también en el cerebro, que es la responsable de las imágenes que se forman cuando soñamos. Esto explicaría los efectos de un soñar en plena consciencia que produce la ayahuasca. La IMAO inhibe las funciones de una enzima que está en el estómago, permitiendo que ésta no elimine el DMT. Si sólo tomáramos DMT, el estómago lo expulsaría y su efecto alucinógeno quedaría neutralizado. Pero no sucede así, lo cual la convierte en un brebaje bastante sofisticado, que no podría jamás haber sido descubierto por casualidad. Algo sorprendente, si se piensa que lleva siendo usada  desde hace unos 5000 años por tribus que, viviendo aisladas y en total desconocimiento las unas de las otras, sabían cómo realizar el preparado de las dos plantas juntas y en proporciones específicas, sin haber tomado contacto jamás entre sí.
En agosto de 2008 tomé por primera vez ayahuasca, y continué haciéndolo durante dos años. Aunque mis esperiencias con esta planta fueron tan extraordinarias como desconcertantes, considero que el resultado final ha venido a ser fructífero. El texto que viene a continuación es una reflexión personal al respecto. Aunque fue escrito allá por 2009 y se subió a mi antiguo blog Posada Poiesis, lo vuelvo a subir a éste para que sirva de ilustración a los vídeos de Alonso del Río, sanador peruano y autor de Tawantisuyo 5.0, libro que tuve la oportunidad de leer y disfrutar hace algunos años.
Aquí va:

"Sucede que desde hace un tiempo –dos años, quizá más- vengo asistiendo a un auto-renacimiento bastante curioso, diría que inquietante, que por obra de la contingencia y con el auxilio de una saludable desesperación, me han llevado a experiencias vitales que podrían describirse como radicales.
Durante mi itinerario de viaje –un largo viaje lleno de sombras e iluminaciones prácticamente sin testigos-, he dejado que muchos me definieran desde su propia perspectiva vital, que me amaran o me incomprendieran, que me incordiaran o me ensalzaran, e inclusive, a veces, que intentaran banalizar mis experiencias por puro desconocimiento. Más o menos como nos pasa a todos.
Sin embargo, como estoy flamante en lo que a búsqueda y captura del ego se refiere, el asunto de la banalización de la experiencia visionaria me supera. Me refiero a su banalización social. Creo que empieza a ser hora no sólo de difundir la utilidad de los enteógenos como poderosa medicina holística, sino de intentar su integración en el marco de lo que percibo como una contracultura floreciente. Contracultura, sí. Una contracultura en la que incluyo a todas las prácticas y tendencias que, como los enteógenos, pretenden hallar nuevas vías y nuevos catalizadores para el desarrollo de la conciencia.
Habría, antes, que aclarar qué es lo que entiendo por conciencia, porque lo que entendía hasta hace un tiempo y durante toda esa debacle de marchas y contramarchas se parecía bien poco a lo que entiendo hoy. Hablar de conciencia en términos partidistas me resulta tan gratuito como inútil; funcionará en un contexto político, pero no es ése al que me quiero referir. Sin embargo, parece normal que a veces, cuando hablamos de conciencia, haya quienes se apunten al discurso ideológico y/o religioso como si fuera el único posible. Pues no. Quisiera dejar claro, además, que mi postura no es temporal, ni forma parte de un proceso, ni se debe al efecto de unos plantas mágicas, hongos psicoactivos o tripis religiosos de dudoso origen y más que dudoso destino, sino de una postura definitiva y una elección de vida que empezó mucho antes de las plantas. De no ser así, estoy convencida de que nunca hubieran llegado hasta mí, o hubieran pasado sin pena ni gloria como otra experiencia más. Las plantas no te dan nada que ya no tengas.
Ciertamente, tomar plantas maestras es una cosa bien rara. Me lo han dicho a bocajarro, y siempre he admitido que tienen razón. Al fin y al cabo, tomar ayahuasca no es como tomarse una coca-cola. Y no porque la coca-cola sea menos una droga que la ayahuasca, sino porque los enteógenos requieren de un contexto ritualizado. Si bien es verdad que, de alguna manera, todos los son, admitamos que en el caso del enteógeno los fines están claramente acotados, y se plantea –o al menos, yo me la planteo- una ética de la conciencia. Básicamente, y para empezar, se trataría de admitir la perogrullada de que todos somos artífices de nuestro propio destino. Hasta aquí todo bien. ¿Quién lo pone en duda? Nadie es más responsable de su vida que el propio indivíduo, eso justificaría a pleno la renuncia a implicarnos en asuntos que pertenecen al ámbito privado, reforzando la ética del individualismo. Sencillo, ¿verdad? Sin embargo, el axioma es tendencioso y, como todo lo que pertenece al dominio del lenguaje, manipulable a nuestro antojo. Si todos somos artífices de nuestro propio destino, y componemos una sociedad de miles de millones, puede concluirse que todos-estamos-conectados.
No obstante, vivimos en reductos separados unos de otros desde lo que habitualmente llamamos conciencia, esa parcela de espacio donde la otredad se distingue claramente de la individualidad, donde creemos que está bien clara la frontera entre sobriedad y ebriedad, y donde esa misma conciencia, creadora de un sistema igualmente consciente y supuestamente protector, funcionará como dique regulador frente a la amenaza de lo irracional.
Pero, ¿qué pasaría si ese dique se rompiera? Y lo que es todavía más amenazador: ¿qué pasaría si, pudiendo acceder al terreno de lo que llamamos irracional –lo inconsciente- consiguiéramos romper con ciertas estructuras basadas en creencias, descubriendo al cabo del viaje, y ya sobrios, que pueden ser tanto o más ficticias que las propias visiones?¿Que pasaría si durante esas visiones nuestra mente se ampliara, se vaciara, inflándose hasta alcanzar las dimensiones de una catedral, siendo capaz de observarse a si misma, no ya en la instancia de la simple alucinación psiquedélica, sino con actitud crítica e integradora de todo lo que hay en y fuera de ella? Dice el maestro zen Seung Sahn:

Cuando estás pensando, tu mente, mi mente, y las mentes de todas las personas son distintas. Si cortas todo pensamiento, tu mente, mi mente y las mentes de todas las personas son lo mismo. La mente que corta todo pensamiento es la verdadera mente vacía.

Siempre que alguien me pregunta sobre la ayahuasca con expresión grave, intento leer en el fondo de sus ojos y me pregunto si esa persona será de las que temen perder el control. Porque si lo es, tarde o temprano la ayahuasca hará que lo pierda, inevitablemente. El miedo a perder el control es el monstruo, perder el control en si nunca resulta ser lo que imaginas. Y eso es, entre otras cosas, lo que para mí tiene de fascinante el viaje psiquedélico. Que nunca resulta ser lo que uno espera, no puede predecirse, no tienes control sobre él. No hay un solo lugar sobre la tierra que sea más fascinante que lo que hay dentro de la mente. Verla por dentro, comprender cómo funciona, rendirnos humilde y voluntariamente al reto que supone descorrer el velo que nos separa del inconsciente, puede parecerse, metafóricamente hablando, al acto de saltar al vacío. Pero, ¿qué persona en su sano juicio querría arriesgarse a saltar al vacío? Lo diré más claramente: ¿quién, creyendo a pie juntillas en la realidad científicamente probada, querría someterse a la posibilidad de experimentar otras realidades capaces de quitarle poder a eso que parece estar fuera de toda discusión?
Más allá de nuestra particular postura frente a la visiones, lo que está fuera de discusión es que el viaje psiquedélico suele traer como corolario una pérdida de tensión ante la realidad consensuada, una reducción de la angustia. Cualquier práctica capaz de modificar la conciencia deja esa sensación de alivio, donde el afuera conocido pierde poder frente a la certeza de que, siendo la realidad un constructo mental, el retorno a la sobriedad nos devuelve lúcidos –que no es lo mismo que estar sobrios- y con una nueva percepción frente ese mismo constructo. Habiendo testimoniado las múltiples caras del poliedro, las creencias se cuestionan o se derrumban, y nuestra imagen del mundo, su paradigma, se amplía. Se somete, como menos, a escrutinio, esa cosmovisión del mundo al que hemos dado poder más allá de toda posible responsabilidad –el afuera siempre es culpa del otro, ¿se dieron cuenta?- y el foco cambia de ángulo, volviéndose justamente hacia el único generador tanto de la grandeza como de la gran tragedia humana: nosotros.
De ahí la paradoja, y de ahí que haya tanta gente empeñada en demonizar o banalizar a las substancias visionarias. Y las prácticas para el desarrollo de la conciencia, que no se trata de una marca a la moda, sino de algo bien serio. Se trataría, más bien, de una contra-cultura al margen de las guerras intestinas dentro de ese constructo ya harto conocido, de una postura verdaderamente radical que rompe, en voluntad consciente, con el discurso deliberadamente consensuado de víctimas y victimarios. Se trataría, en última instancia, de una contra-cultura que se yergue sobre las ruinas y los humores ya rancios de una guerra que nunca ha existido más allá de nosotros mismos.



Interview to Alonso del Rio from Mariana Tschudi on Vimeo.

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