8/4/12

Séptimo cielo (o delirio subterráneo)

… y Dios creó el séptimo cielo, diciendo: “dejad que entren todos”. E hizo que fuese vigilado por la puta y el avión.

Patti Smith



Todo el mundo es bueno. Todo el mundo vive en el mejor país del mundo. Argentina, España, Italia, Alemania, Canadá, Singapur, Sudáfrica, Irán, Chile, Burkina-Faso, Portugal, Venezuela, Arabia Saudita, Méjico, Japón, Suecia, Groenlandia, Nigeria, Mongolia, Holanda, Gran Bretaña, Nueva Zelanda, Irán, Dubai, Marruecos, Guatemala, Cuba, Estados Unidos, Haití, Irlanda, Hungría, Israel… Todos somos buenos. Todos somos buenos, buenísimos; no hay país como el nuestro. Todo el mundo es bueno.

El apóstol Amstrong miraba la Tierra desde su puerto lunar y soltó un versículo memorable: “¡Vaya! ¡Tan grande que parece desde adentro y desde aquí no es más que una canica!”.

En La guerra del fuego, de Jean-Jaqces Annaud, unos neanderthales son atacados por una tribu hostil. Mientras huyen, el chamán pierde el fuego y la pequeña comunidad se ve obligada a enviar un comando de hombres jóvenes en busca de ese bien precioso que han heredado, y que no saben cómo producir. Durante su periplo en una tierra que desconocen, nuestros héroes están a punto de palmarla en varias ocasiones. Pasan hambre, miedo y soledad, se enfrentan a bestias salvajes, son capturados por enemigos, consiguen escapar y uno de ellos -el más apto- tiene tiempo incluso para enamorarse. Aunque en la película el fuego llega con el amor -en una analogía maravillosa será su amante sapiens quien le enseñe a hacer tanto una cosa como la otra-, no es éste el detalle que interesa, sino el carácter de viaje iniciático que tiene la búsqueda, y su consecuencia en la construcción de una nueva identidad. Tuvieron que salir de la caverna, sufrir un poco, enfrentarse a lo desconocido, y mezclarse con indivíduos diferentes a ellos para descubrir que el fuego no era una entidad increable, sino que podía fabricarse. ¿Qué hubiera sido de ellos si en vez de buscar nuevas fronteras hubiesen preferido quedarse en la caverna?

Me fui lejos, muy, muy lejos. Mucho más lejos de lo que todos puedan suponer. Mucho más lejos de lo que yo misma podía suponer. Y sólo ahora que estoy de vuelta comprendo lo lejos que está el sur. Para mí éste no es ningún viaje final, la Argentina no es un destino definitivo. Y siempre lo será, esté donde esté. La Argentina será siempre mi canica predilecta, pero me la tomo como lo que es: una canica, una más entre tantas. O sea, la única. Yo no dispongo. Hoy puedo decir, y lo digo encantada, que si tuviera que tomarme un avión mañana mismo me iría persuadida, por fin, de que no es el mejor país del mundo, sino solamente otro. Y el único. Esto, además de mi puerto, mi cuarto, mi bulo y mi demencia. El chip de la idealización facilona se me quemó el día en que aterricé en Ezeiza. No es mi idea atrincherarme en una casita hasta que me llegue la muerte, porque habiéndome ido tan pero tan lejos -casi como Amstrong- intuyo que no estoy en condiciones ni de atajarme ni de suponer. Esto me da paz.

¿Por qué te volviste?

Decime qué te gustaría oir, y yo te lo cuento. Quizá te gustará oir que fue porque en algún momento me agarré una mamúa y supe que tenía que volverme para levantar el país con vos. O porque me cansé de “tener que trabajar en cualquier cosa” (de lavacopas, por supuesto) echando a perder aquí una carrera promisoria como martillera o profesora de manualidades. O porque me harté de llevar cosido en la manga el estigma de sudaca. O porque me dí cuenta, al fin, de que nunca se puede estar mejor que en el país de uno, y que después de los palos que creiste entender que me daban ya tengo claro que la Argentina es, nos guste o no, el mejor país del mundo, lejos (de todo, de eso no te quepa duda). También te gustaría oir que la Argentina es generosa, solidaria, y que está creciendo como un enano en la cima de un árbol de calabazas. Y ya que viene al caso, que España se hunde, se hunde irremediablemente, que está como DiCaprio en la última escena de Titanic, cuando le da a la chica las directivas para seguir adelante, todo congelado él, entre azul y blanco. Muriente. Así como estaba la Argentina cuando ese diez por ciento hizo las valijas y se fue con lo puesto, igual que lo hicieron nuestros abuelos. Así como estaba de moribunda y hasta arriba de basura con sus perros muertos en las cunetas, con todo su material vendido al extranjero, con su corralito metafísico calcado a las medianeras.

Pero siempre lo negarás.

Creo que fue el apóstol Collins quien vio las naves, o fue otro -no me acuerdo el nombre- el que después de verlas, se volvió reverendo. Como diría Maslow, tuvo una “experiencia cumbre”. La cosa le pintó por el lado de Dios. Más o menos como el neanderthal de Annaud mientras veía a su chica hacer el fuego. Quién sabe si en ese mismo instante no debió haber perdido de vista la caverna pelada, y haya sido así como surgieron los bisontes. Todo es posible. Me gusta imaginar lo que debio pasarle por la cabeza al neanderthal en ese momento, el segundo en que se mezcló realmente con ella y el fuego y se produjo el salto evolutivo, el inside. Quizá tras el asombro y la euforia del descubrimiento, ya amparado en la primera chispa tecnológica y con el correr del tiempo, al neanderthal le haya caído alguna ficha. Lo supongo porque es lo que me pasó a mí cuando la vi desde lejos y pensé:

¡Vaya! ¡Tan grande que parece desde adentro y desde aquí no es más que una canica!

Podría hablar de las brújulas que se oxidaron, o se perdieron. De los relojes descartables que cuando se rompen, se tiran. De una guerra pintada sobre un lienzo interminable para la Gran Exposición de París. De gente educada en la creencia del pecado original robando libros por diversión, en la Gran Vía. Del pegaso que encontramos en un contenedor de basura, a las cuatro de la manaña, en el barrio de las Letras. De la diosa Atenea en la plaza de los búhos, estación Malasaña. De lo fácil que resulta comprar casi cualquier cosa hasta que te entren náuseas, sin que sepas por qué. Del jazz cantado por rumanos en La Mona Fundida, y los grasientos chiringuitos al final de la noche en las Vistillas. Del Va pensiero entrando en Alta Italia por Niza, la dolce vitta. De una plaza donde se puede almorzar con las palomas y una ciudad que a las diez de la noche queda bajo el agua. Al vaporetto se llega por los pasadizos que sólo conocen los hombres con sombrero. Las marionetas y las personas se miran con perplejidad a través de una vidriera en general sucia, y en el sitio donde hubo un baño, ahora hay una galería de arte. Podría hablar de las acequias que llevan a Roma, del ascensor fantasmal que se quemó en el incendio de Lisboa, de la elegancia fría, casi austríaca, del Piamonte. De San Père d’Artá, Regenbogen Fabrik y la mezquita sepulcral de Idris II. Del Montseny, los velos de las musulmanas en París y la luna llena, rota por una nube, en Vilanova I la Geltrú tomando Martini a veinte metros del mar. De los carozos de las aceitunas, que siempre van al suelo. De las tetas secándose al sol y de Andalucía mojándose a la sombra. Que nadie duerma, dijo Federico. Mientras escribo esto, cuatro gitanos se hacen unas pelas dando la espalda al séptimo cielo, sentados en una cornisa, y no se caen. Podría hablar de la noche más perfecta junto a una fogata, era agosto y comimos patatas asadas y vimos como todas las estrellas caían. De un digeridoo animando la fiesta alrededor del fuego, en Noya. Podría hablar del muro que derribaron en Berlín, o de la casa okupada por mujeres que llenaron de graffitis las paredes para dejar claro que hay vida, y niños, después de una guerra. De la constelación de Escorpio vista desde el Guadalquivir. De Orión en el Obredoiro. Del telar de Aranxa, en Taramundi. De lo triste que es el puerto de Génova, y de lo mucho que dura la ropa comprada en Milán. De los grilletes que todavía perduran en los muros del Escorial, y del alcázar de Segovia, donde todo el mundo sabe la cantidad de peldaños que lleva a la torre, pero nadie quiere asomarse a las mazmorras. Podría hablar de las cigueñas que anidan en los campanarios y decir que allí la luz del cuarto de baño siempre está afuera, que birome se dice boli, que una caña es una cerveza y que no hace falta dar las gracias para todo…

y aunque te lo dijera, y aunque te dijera esto y mucho, muchísimo más, no te habría dicho nada.

No te habría dicho nada. Podría pasarme noches enteras escribiendo enumeraciones de todo lo que vi. Podría contar docenas de anécdotas, describir colores, paisajes, encorsetar la Europa cutánea en una faja rioplatense de papel de diario y ballenitas de metal. Pero no te la puedo vestir así, porque no le haría justicia. Ella viene de España. Y de inmediato surje el automatismo, la mente hace click y se abre la ventana del concepto España. El concepto España con su consiguiente distorsión. España con su sino más bien choto. España sin Europa. España desembarcada en el Río de la Plata. España del pan negro. España del exilio. Surje la imaginería almodovariana del sofá de cuerina, las paredes empapeladas, el chamuyo escandaloso, la grasa en las mesadas... Lo dicho, podría seguir bocetando hasta que se me gasten los dedos. Pero nunca lograría aproximarme, ni tan siquiera lo más mínimo, a la España que conocí. Que nunca será la misma que la del primo ”que se forró” poniendo una heladería en el Barrio Gótico, ni la misma que la del ecuatoriano ambicioso que trabajó día y noche para comprarse un piso en el extrarradio. Ni la misma que la del magrebí en el paro que hoy duerme a la vuelta del teatro La Latina. El punto más interesante del conocimiento no reside únicamente en las cosas que has visto, sino en las que nunca llegarás a ver. Es lo que diferencia al habitante verdadero del turista con pretensiones de habitante.

Ella viene de España, es sólo un decir.

Lo primero que se advierte es el aire. No digo algo obvio: el aire es diferente. Realmente distinto. Es otro hemisferio, otra manera de organizar el mundo, otra forma de dosificarla dentro de los espacios construídos. El aire tiene otro rítmo, otra textura, otro brío. Otro olor. La luz es distinta. Y resulta que esa sinergia entre aire y persona genera una energía diferente. Mi primera impresión al bajar del avión fue de aturdimiento. Comprendí que remontar la sacudida inicial iba a ser un desafío, pero me propuse vencerla. Fue como domar un caballo salvaje. Cuando lo conseguí, supe que ya estaba lista para volver.

Me fui lejos, muy, muy lejos. Mucho más lejos de lo que todos puedan suponer, mucho más lejos de lo que yo misma podía suponer. Porque me fui dentro de mí. Y eso, sea por la razón que sea, es algo que nunca me pasó aquí. Yo fui a buscar el fuego, y lo encontré. Esto lo notarán quienes sepan de qué hablo; los que esperen una exhibición de pirotecnia… podrían quedar decepcionados.

¿Y por qué no te quedaste?

(JÁ!)

Porque el sur se acaba en el mar, que es donde empieza todo. Porque en el sur se calientan tres pavas y se vuelca el agua en un fuentón de alumnio. Se abre un pan de jabón y se baña a la niña, a ver el ombligo. Porque cuando nacés en el sur es como si vivieras colgando de un ombligo, y esto tiene su bonanza: aunque haga frío, el sur es marginal, sobra espacio para habitarlo. Villa La Angostura, fin de milenio. El meteorito cayó justo en el patio de casa el día siguiente a la noche de Reyes: era el verano del 74, y esa mañana nos prohibieron mirar al cielo porque había un eclipse. Una tromba de agua se desplomó sobre la tierra, todavía recuerdo la montaña de granizo contra la puerta. Arañas grandes como trompos cometa. Con envergadura corporal de yoyós. Arroyo Las Brusquitas, ¿existen los see monkies? Y esa iglesia en forma de iglú construída sobre un manantial. El pelado arrastraba su voz aginebrada; creo que voy a cortar los hilos que me tienen atado al cielo, decía, ginebraicamente; voy a dejar que se rompa el dique, no me preguntes por qué. Calle 27, una antes de Peralta Ramos, la presencia evocadora de un recuerdo del futuro: la muralla de piedra que impresiona a las niñas. La logia secreta del Martillo Chico. Banderas de la dignidad, muy usadas ya, en Plaza de Mayo. Para vivir aquí hay que saber abrir una brecha en la pared con el filo de una billetera. Un banquete en el taller de RAB hasta las seis, rodaba Greenaway. Y Charly me mostró todo el mar de primavera. Una noche sonó Wolfie, y los cielos y la tierra crearon a Dios. Esa puntita blanca que ves ahí, es el volcán Lalín. Verlo desde una cima no podía hacerme más insignificante. Buenos Aires, una especie de pacto doméstico con la ciudad. En el séptimo cielo los jaguares despiertan con los maridos que se van al monte. Un amanecer en ruta a la altura de Tres Arroyos. Luego, la luz. Los girasoles en flor contra el mar y un mar contra el alba y el alba encendiendo la tierra. Hubiera sido una buena foto, pero él dormía. La imagen indeleble de un campo de hinojos al sol. Tardes viendo los teros en Sierra de los Padres. Una nube de marihuana en la Biblioteca Juventud Moderna, año 86: la voz de Hebe hablaba alto y claro, sueño cumplido. Toma terrestre de La Vía Láctea desde la Pampa, a dos días de Carnaval. Y rezo. La murga le da pan al pobre, y el que no salta es militar. El 24 de marzo siempre llueve finito. En la cima del Uritorco todo es tan blando que dan ganas de saltar. Una feliz caladura de agua hasta la médula de camino al cerro, ¿y dónde están los OVNIS? En el hotel de Almagro fue amor, sí sí fue amor oh oh. Las araucarias. Rodar por los médanos. El archimanoseado sentido de la vida. Ufff… Dios. Cruzar la ciudad a pie hasta la costa, y de la costa a cabo Corrientes, y de cabo Corrientes a Ganímedes. Un San Pedro en la estación del ACA. Tortas negras de manteca después de la lluvia, mirá lo rojo que se puso el cielo. Al don al don al don Pirulero cada cual cada cual atiende su juego. Me sentaba en la escollera a imaginar qué había al otro lado, y nada se parecía a lo imaginé. Una calle de tierra, una huerta, un nogal plagado de gorriones una tarde de octubre. Paseábamos por Recoleta, era de noche y era Plaza Francia, cera perfumada en candelabros de forja. Burbujas de colores con aceites de incienso en la feria. El Abasto, los conventillos, el hombre que se quedó congelado en una vereda de la calle Santa Fe. Dónde van, aquí están los barberos de San Juan. Sólo podían optar y ellos prefirieron creer que elegían. Arboles frutales, gallineros. La liturgia de la carne tierna con un viento a favor. Piden pan no les dan, piden queso les dan hueso. Este país puede ser un hueso. Mil huesos. Un millón de huesos. No puede construirse un país si nosotros nunca somos los otros.

Podría pasarme noches enteras escribiendo enumeraciones de todo lo que sos. Podría contar docenas de anécdotas, describir colores, paisajes, encorsetarte en un traje de chulapa con un mantón de Manila. Pero no te puedo vestir así, ni asá, porque te vista como te vista igual no te haría justicia…

Argentina
Argentina
Argentina

(y además, la noche más perfecta todavía no ha llegado).

Argentina, ya estás grande para que te llame así, a partir de ahora voy a llamarte Argenta. Bienvenida a mí.

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