3/1/13

La araña frágil

La interactividad es un concepto nuevo que no existía antes de la era Internet. El hiperespacio es multidimensional.
De esta coyuntura surgen términos como blogonovela o ciberpoesía, y empiezan a salir a la calle libros en papel de escritores que antes estaban en Internet.
A la vez, se retorna al incunable: gente creando libros-objeto que se venden en galerías de arte: que es lo que son los libros-objeto, piezas verdaderamente artesanales, códices del siglo XXI. Lectores entusiastas comentando una blogonovela, y no sólo eso: re-haciéndola en su propia exégesis.
Al abolirse la línea vertical que sitúa al Autor por encima del anónimo lector -no olvidemos que el escritor antes de autor ha tenido que ser lector, o cuanto menos, oidor-; ambos tienen la posibilidad de interactuar. A la pieza literaria en cuestión se le podrá añadir, además, un vídeo, un background o un repertorio de links. Al abolirse la verticalidad de las jerarquías, lo que cambia es el vínculo. La interactividad ofrece al lector la posibilidad de convertirse en participante activo de un objeto artístico, interactividad que en la dimensión del papel se le haría imposible. Lectores entrando diréctamente en la bitácora de un autor sin la criba previamente recortada, aderezada y cosmética de la crítica literaria al uso. Autores al desnudo, sin el apalancamiento o el respaldo de críticos y, por supuesto, editores. O sí. Autores conocidos y nuevos autores conviviendo en el espacio infinito, siempre caótico y por tanto siempre dinámico, creativo y re-creativo, de la red.
La red: autores escribiendo gratis por el mero placer de escribir ¡qué ingenuidad!, placer que tarde o temprano acabará convirtiéndose en necesidad. Una tarea solitaria, y no obstante compartible y comentable. Uno tiende a repetir lo que resulta placentero, y no puede haber literatura, o arte en general, sin que haya en alguna medida necesidad, ya que todo proyecto, sea individual o colectivo, se sustenta en ella. Pareciera que la condición del arte fuera la escacez, y no la saciedad. La escacez -en todo su espectro, me niego a que esta palabra se asocie únicamente a la idea de mercado- promueve la creatividad en todos los ámbitos de la existencia, y en lo que respecta al arte, es su total y absoluta gratuidad en el momento de la creación, lo que lo hace genuino. Siempre lo fue y siempre lo será, y la red resulta ser un importante caldo de cultivo. Ahora el autor puede beber de otras fuentes en simultaneidad, y tanto, que empieza a resultar inconcebible un autor sin conexión a Internet.
Sé que es discutible. Pero es una realidad que gente de la segunda y tercera década asume como en otro tiempo se asumía ir a una biblioteca o comprarse 14 libros juntos. Es una realidad que la red ha transformado nuestra capacidad de acceder a la información y que nuestro vínculo con el lenguaje empieza a cambiar.
¿Tendrán que cambiar los autores, y con ellos los géneros, y tendrán que actualizarse los editores? No es ni bueno ni malo: es lo que es.
¿Qué sería de nosotros hoy día si Bourroughs hubiera tenido a mano una PC a la hora de crear su cut-up? De ser así, ¿creen que a alguien se le ocurriría discutir que la literatura escrita en red es de peor calidad que la publicada en un libro?
¿Por qué, porque no pasa por la criba de unos críticos y sí, en cambio, por la de miles de lectores ávidos de una literatura de carne y hueso que puedan elegir ellos mismos?
¿Quién decide qué puede leerse y qué no? Y sobre todo, ¿con qué criterio, y de qué o quiénes depende ese criterio?
Si el problema es pecuniario, no pasa nada. Basta con cerrar la revista, el blog o la web y cobrar por su acceso. Hay escritores que lo hacen. Me parece perfectamente legítimo. Yo no pagaría por entrar en una página, pero hay quienes lo hacen, y está bien. Los lectores que le sigan -y serán sólo los lectores- pagarán por su acceso igual que cualquier hijo de vecino que quiera comprarse un libro. Leer en mi e-book, y en la cama, es un placer: pesa algo más que un libro, tiene luz propia y ni siquiera necesito volver las páginas. No me importaría almacenar toda una biblioteca en mi e-book. El libro es un objeto atractivo pero no es más que un medio, y aunque hace unos veinte años me hubiera resultado inconcebible leer un texto en una pantalla iluminada, esto pasó hace veinte años, y hoy no le encuentro la diferencia. Para mí los únicos libros irremplazables son los incunables y los códices. Ah, y los libros objeto.
Sin embargo, hay un problema a tener en cuenta, y es que Internet, dada su naturaleza virtual, es de por sí frágil. Si a ello le sumamos su juventud en conjunción con nuestra veterana estupidez como especie en materia de auto-depredación, o acaso -y esto no es ningún delirio- la eventualidad de un viento solar de gran magnitud que no pueda preveerse, no se descarta la posibilidad de que en algún momento vaya a colapsar. Y como muchas creaciones-proyecciones del sapiens, sus ventajas puedan convertirse en su propio cepo: esa naturaleza descentralizada y caótica de araña dionisíaca la hace frágil por su infinitud. No hay manera de controlar a la araña, y por muchas restricciones que se le pongan, hackers y crackers seguirán campando a sus anchas como avispas en su insondable tejido digital.
Hemos sido capaces de crear la más grande biblioteca de Alejandría jamás imaginada, y no porque contenga todo el saber erudito -que ése está de verdad, pero en las bibliotecas físicas- sino porque contiene toda la información, que no es lo mismo que el conocimiento. Si el saber erudito contiene las neuronas, Internet contiene los neurotransmisores. La red no sólo nos proporciona el espacio y el vínculo, sino que modifica la cognición. La expande. De ahí que un mismo objeto pueda ser observado de aquí a la China desde miles de millones de puntos de vista, lo cual hará posible que sea intervenido y por tanto modificado, reformulado, recontextualizado, reinterpretado y recreado, sometiendo al ámbito comunitario la figura hasta hace poco “exclusiva” del Autor. Hoy, el autor es múltiple, se hace inclusivo, y la obra se ha vuelto monumental: un cadáver exquisito elevado a Pi. Internet es lo más similar a una conciencia global unificada en constante expansión. La araña original ha muerto, ha crecido o quién sabe por dónde andará. Ha perdido el control de sus vástagos, que se reproducen a velocidad espasmódica, muriendo al instante en beneficio de su propia mutación.
De alguna manera, también Internet es un incunable.

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