14/2/13

Volver

El tango

Y aunque no quise el regreso, siempre se vuelve al primer amor, cantaba Gardel. El error del santo ha sido afirmar que volvía con la frente marchita. El verso acabaría imponiéndose a varias generaciones de argentinos como paradigma de la experiencia migracional. El tango hereda la morriña, el dolor de la partida forzosa, no la aventura. En él, volver viene a ser tan doloroso como marcharse. El tango evoca la experiencia del viaje como herida, no como hazaña. A nadie se le ocurriría negar la legitimidad de esa herida -que hace de Volver un testimonio con emblema-, y aunque en ninguna parte se mencione que esa herida pueda convertirse en aventura de conocimiento, tal posibilidad quedará rubricada en un verso que parece apuntar a la noche oscura del alma: tengo miedo de las noches que pobladas de recuerdos encadenen mi soñar.

Siempre me fascinará el poder que tienen las palabras. No hay presagio alguno en el verso del tango, tan solo la experiencia única e intransferible del protagonista, que es lanzada al pueblo y cuyo imaginario la asimila como predestinación y la convierte en mito.
Matizando la enmienda que se menciona más abajo, la inmigración puede ser un camino de doble rasero para cuyo entendimiento haría falta comprobar su naturaleza ilusoria, recorriendo las distancias entre mundos. Es ahí donde se diluyen los mitos y se descubre la sinergia entre orillas, algo a lo que en Volver, insisto, no se hace mención.
Ahora que estoy de vuelta, no puedo decir que haya salido de España con la frente marchita, porque no sería verdad. Se volvía así en la era del tango, cuando los viajes entre mundos demoraban de 30 a 40 días, casi siempre en tercera clase y agarrados -aquí jugamos con el mito- a un barril o a un baúl con dos mudas, un traje barato y algún chacinado para consumir a bordo. Ahora la comunicación con la otra orilla es instantánea, el viaje demora 12 horas y el baúl se envía por encomienda. No obstante, la visión que se tiene en España de la inmigración sigue siendo la del mito. No me cansaré de repetir que un pueblo que no ha sabido integrar en sí mismo la experiencia migracional no puede integrar a sus propios inmigrantes.

Como me dijo alguien hace tiempo: la historieta que nos contaron los europeos es más grande que una catedral, una mentira infame. ¿Esto quiere decir que nuestros padres y abuelos eran unos mentirosos?¿O sería, más bien, que su percepción se encontraba -como la mía hoy- filtrada por la emoción, y no es que nos mintieran, sino que su discurso no hacía más que reflejarla transfigurada por la distancia? Nunca hubo mentira, lo que hubo fue nostalgia, y esa exótica variante de la esperanza -esperanza paria, que diría un criollo- que sólo puede conocer el inmigrante, y que reside en la certeza forzosa de que pase lo que pase, siempre habrá un puerto al otro lado, un puerto que le devuelva al viajero el sentimiento de pertenencia ausente en tierra extranjera. Sólo habiendo descubierto que el viajero que huye, tarde o temprano detiene su andar, sólo habiéndolo visto todo dentro y fuera de sí, el protagonista de nuestro tango puede volver tranquilo.

El tango es triste, dicen en España. También se dice en Argentina, claro, para qué negar lo evidente. Pero ir más allá del simple formato de fábrica exige la complicidad con el protagonista, la zambullida metafísica que, como toda pieza artística, supera al código que la engendra: ¿cómo explicar la experiencia migracional tan sólo con palabras? A mí no me bastaría una novela para plasmar mis 13 años en Europa. Puedo, a duras penas, intentar alcanzar en dos versos mal escritos el flash de una noche viendo el mar desde la torre Ametller, que besa el Mediterráneo; y aún así, no hay mañana en que me despierte sin preguntarme si todo eso no fue más que un sueño.

Mi experiencia migracional ha sido realmente extraña. Empezó en Madrid, boca arriba, viendo el techo horriblemente amarillo de una habitación de hotel con olor a humedad, y terminó en un piso blanco y lila frente a la Pedriza. Nada del otro mundo, si no fuera porque esa primera noche en el hotel de Atocha todo mi ser confluyó en un punto, cuánticamente hablando, y surgió una evidencia aterradora: me quiero volver pero no puedo. Fue instantáneo: la supremacía del significante se me quedó grabada como un sello. Hoy me pregunto si mi permanencia allí no fue más que una ciega obediencia a ese poder del significante y no otra cosa. De ser así, la estupidez de los mandatos no tiene parangón. Se le acercan, en calidad, los mensajes subliminales que nos inculcan en la escuela -sobre la madrepatria y otras mentiras-, las postales de los viejos que llegan en forma de acordeón desde un lejano Mediterráneo, y la película esperpéntica de una familia supuestamente más rica que la de uno.

El mangrullo

La Madrepatria es un mito creído y absorbido -mamado- por mucha gente segura de que Latinoamérica nunca hubiera llegado a ser lo que es si no fuera por la Conquista. Y la verdad es que Latinoamérica nunca hubiera llegado a ser lo que es si no fuera por la llamada Conquista, rapiñaje hoy día admitido tanto por españoles como por criollos, excepto por aquellos a quienes una suerte de culpa a largo plazo les impide admitir abiertamente la deuda histórica que España tiene con nuestro continente. Yo no lo supe hasta que comencé a vivir allí. Será que estando fuera se fortifican las identidades, te amangruyás.

En Argentina un mangrullo es una atalaya, un sitio desde el cual se controla la llegada de extraños. Lo primero que se percibe al bajar del avión en Barajas son dos cosas:

1) la gente habla demasiado alto;

2) la gente vive amangrullada.

Pasado un tiempo en un país donde, entre otras cosas, han tenido una dictadura que duró dos generaciones, el amangrullamiento se vuelve inevitable. Homo habitus. Simpática la gente -algunos- pero amangrullada.

Un detalle que noté a la semana de llegar fue que en España se está “de fiesta” muy a menudo-hay vírgenes y santos a diestra y siniestra, nunca había visto algo igual-, lo que trae en consecuencia que haya gran cantidad de feriados durante el año, y mucha vacación. Pasado el tiempo descubrís que esos feriados son disfrutables únicamente por la clase privilegiada de las transnacionales y los funcionarios; que el resto es carne de cañón. Pasado un tiempo mayor y ya superada la obnubilación de la primera temporada, comprendés que para que haya gente aquí disfrutando de unos privilegios -ropa, comida, salud, transporte y servicios- tiene que haber gente en alguna otra parte pagándolos. La ecuación, con trampa, es sencilla: yo te doy el dulce y vos ni te enterás de dónde viene, ¿a quién le va a importar de dónde venga siendo el dulce tan dulce?

Lo que tiene el dulce es que te apalancás, te apoltronás y te achanchás de tal forma que con el tiempo la conexión natural entre humanos es sustituida por la conexión a cables (o inalámbrica). Se produce entonces la distorsión primero moral y luego perceptual, de ver tus relaciones personales reemplazadas por tarjetas de crédito, promociones, servicios, préstamos, bienes de consumo, tecnología punta, etc. La anomalía se sistematiza. La tergiversación del discurso se convierte en un error ajeno, la apatía pasa a ser una tendencia -trend-, la paranoia se normaliza bajo una leyes de protección de datos, y el egoísmo más garrafal será respaldado por las instituciones sin que nadie se atreva a cuestionarlo, so pena de ser tachado, mediante sofismas bien difíciles de desmantelar, de comunista, conservador o enfermo mental (todo depende de quién esté al gobierno).
Lo que al principio se percibe como difuso pero atractivo, fácil aunque inalcanzable - sin entrar en sutilezas, como ensalada sociológica de ardua definición- pasa a ser asimilado por las buenas con el tiempo. Lo dicho, que a nadie le amarga un dulce. Y te amangruyás. 

Cada cual en su parcelita privada: bienvenido a la república independiente de tu casa, el slogan de IKEA -la gran multinacional de muebles fabricados con mano de obra infantil en países de Oriente- acabará rubricando la venta de la morada a cambio del ensueño. Lo que parecía ser una realidad exclusiva de España y del resto de los llamados “países desarrollados”, no era más que un campo de pruebas. Cuando los europeos descubran que han sido ellos mismos quienes pusieron a sus gobernantes en el podio, será ya demasiado tarde y la Unión -que nunca lo fue, porque no puede haber unión de ninguna naturaleza cuando se come y se vive a costa del esfuerzo de otros- se habrá venido abajo. En España, especialmente, donde la ideología está meridianamente polarizada en izquierdas y derechas -el plural sugiere el automatismo de la generalidad-, los períodos electorales consisten en ir boyando de un extremo aparente al otro, según quién la haya cagado mejor durante su gestión( básicamente igual que en Argentina, su segunda hija mayor después de México). A la hora de votar, el pueblo se limitará a castigar más que a elegir. Otro tentáculo de la ortodoxia genética que se respira en tierra de Borbones, sea entre los llamados “ateos”, sea entre los más fervientes católicos de mantilla y chaqueta negra.
He aquí el epítome del amangruyamiento ideológico que redefine desde la institución “democrática” a los dos clanes primigenios, y al enfrentamiento entre familias que diera origen a una guerra fratricida conocida universalmente como civil.


 Simpapeles

Como ya he dicho antes, el español medio no tiene integrada su comprensión del migrante. Ella está limitada por la experiencia de varias generaciones migradas por causa de la guerra, el hambre y las revoluciones. Luego hay un detalle que se le escapa tanto al español medio como a sus instituciones -cada pueblo tiene las instituciones que se merece, o que se puede permitir-, y es el tema de la formación. A muchos les resulta incómodo recordar que el grado de formación del migrante español, en tiempos de la guerra, era de medio a bajo, cuando no rayano con el analfabetismo. Espinoso asunto que no suele mencionarse a la hora de hacer un análisis sociológico serio de la sinergia inmigracional entre países, y que no obstante resulta imprescindible a la hora de asimilar capital humano de calidad, y no mera mano de obra barata para ser explotada durante el período de bonanza como fuerza de trabajo.

Lamentablemente, la mirada del migrante pobre y sin cualificación ha sido recogida por las instituciones como una realidad aplicable al migrante de hoy, cuyo grado de formación suele hallarse al mismo nivel o por encima de la media nacional. Son datos estadísticos, no me los he inventado yo. Hasta hace poco el caso era diferente para los migrantes con formación en sanidad: el boom de la migración de médicos autóctonos acabó absorbiendo gran cantidad de personal extranjero, que en muchos casos ha conseguido hacerse un hueco en la sanidad pública y hoy goza de un puesto de trabajo fijo y -digan lo que digan- bien pagado, en un país donde el sueldo medio es de 600€, digan lo que digan también. El resto, salvo honrosas excepciones, lo tiene bastante más difícil, sobre todo últimamente, que no le homologan el título ni a los dentistas. Si hasta hace diez o quince años ya resultaba difícil obtener algún tipo de reconocimiento profesional, hoy mismo el caso resulta poco menos que de ciencia ficción.

Pero esto que describo es un mal menor, si se compara con la -según el caso- escasa o distorsionada difusión de la problemática migrante de los llamados ilegales, divulgada por la prensa española con ese tono proteccionista y siempre subestimatorio de los simpapeles que llegan a las costas de Canarias en sus pateras, y que son recogidos por Cruz Roja para luego ser abandonados a su suerte [bueno, en realidad esto era antes, hoy mismo los inmigrantes se han vuelto literalmente invisibles, ya no se habla del colectivo ni para repartir palos]. Esos pobres simpapeles son los que yo veía plantados en la interminable hilera del top manta por Paseu de Gracia, en Puerta del Sol, o en cualquier paseo turístico, con los ojos perdidos en la lontananza, todos idénticos en su anomía y su tristeza, tirando de un cordoncillo amarrado a las cuatro puntas de una sábana que les sirve de escaparate, así durante horas hasta que lleguen la policía y tirando del cordón para recogerlo todo haya que salir corriendo con la bolsa en volandas.

Aunque no se viva en carne propia, el escrutinio cuidadoso del sapiens africano mueve a una no menos esmerada reflexión sobre un cierto efecto dominó, porque si bien ellos son el último eslabón en la cadena alimentaria del blanco-caníbal, llegás a preguntarte en qué momento podría tocarte a vos, o a tu familia, un destino similar al de ellos. No hay nada que lo impida, cuando ves que las leyes inmigratorias cambian cada seis meses y nadie te lo informa, o acabás enterándote de incógnito y mal, en situaciones de enfermedad, mudanza o renovación, por funcionarios que apenas las conocen. Esto es grave. El juego es muy sucio, y merece ser denunciado, porque se juega con el estrés y la salud mental de las personas. Estoy convencida de que en estos momentos no hay en España, ni en ningún país europeo, papel o documento que pueda salvar al migrante de un destino ignominioso, de la anomía o el desamparo institucional.

Parece ser que un detalle a tomar a cuenta a la hora de definir una nación verdaderamente desarrollada es la manera en que interactúan los puntos del tejido social e institucional (siendo este último un reflejo del primero). No sé cómo será en otros países, pero en España el tejido está diseñado para que los puntos sueltos de ese tipo no se noten. Ahora que lo pienso podría hablar inclusive de un tejido paralelo, como una trama fantasma, ideal para disimular las arrugas y flaccideces de un sistema que en lo moral hace aguas por los cuatro costados. Tanto es así, que si no fuera por los autóctonos realmente conscientes y preocupados por este tipo de situaciones, gente comprometida a través de las ONG y formaciones similares, ciertos intelectuales y mucha asociación y fundación privada trabajando a pulmón para que las cosas relatadas más arriba no sucedan, o acaso, para aliviar sus consecuencias, España y el llamado primer mundo dejarían de merecer el derecho a ser consideradas comunidades humanas.

Siento ser tan específica, pero es lo que he visto y también es lo que -en parte- he vivido.
Por esto, entre otras cosas, dejó de interesarme Europa. Me interesó en su momento, cuando creía que quizá allí se impartiera mejor la justicia y que la llamada democracia podía ser algo más que un membrete. Pero viendo que hasta hace poco muchos votantes no acababan de meterse en la cabeza su responsabilidad en el constructo -tan empeñados estaban en echarle la culpa al gobierno, como si éste fuera de facto y ellos no hubieran tenido nada que ver en su elección-, y viendo tanta gente encaprichada en mantener sus parcelas intactas aunque afuera se les desangrara el vecino, lo siento pero decidí pasar. Mismo perro, distinto collar, la farsa está a años luz de la nuestra: es mucho más sutil, muy bien estructurada y mejor controlada, y por tanto rematadamente más perversa.

Además, ¿por qué iba a quedarme en un país donde otros decidían por mí las leyes que regirían mi destino? Hablo como ex inmigrante. Por suerte, ex.