8/3/15

Mujer, sí

Soy mujer. ¿Eso me define como diferente al hombre? Sí y no. Y depende.

 Soy mujer, tengo dos mamas, una vagina, un útero. ¿Eso me define como madre? No. Conozco hombres que sin mamas ni vagina, son tan capaces de criar e incluso de amar como una mujer, y mejor.

 Soy mujer, y tengo un corazón y un cerebro. Se pretende que el primero me defina y que el segundo le esté subordinado. Durante siglos se pretendió que entre ambos hubiera división. Esa división continúa hasta hoy entre muchas de nosotras. Durante siglos, se nos enseñó que amar era sinónimo de obediencia y sumisión. Pero en lo hondo, la llama crecía.

 Soy mujer, y fui hecha -dicen- para que quepa en mí lo que el hombre tiene. Fui criada en la conciencia de un vacío que debe ser llenado. En la certeza de lo inacabado, de lo frágil, de lo protegible.

 Pero cuando el hombre faltó, tuve que ser hombre para mí y los míos. Y encima, se me criticó.
 Por callarme me llamaron reprimida. Puta por sacar al hijo de casa de su madre. Histérica por no ser el capricho de un tonto. Lesbiana por no mantener la compostura como una señorita. Fría por quien no consiguió seducirme. Inteligente por quienes me encontraron ininteligible. Insensible por quienes confunden a una mujer con Blancanieves.

 Por gritar como hombre, se me criticó por mal educada (Pero: ¿cómo debe gritar un hombre? Que los hombres respondan).

 Por razonar como hombre, se me criticó por usar la razón. (Pero: ¿cómo debe razonar un hombre? Que los hombres respondan).

 Por ir a la guerra de la vida como hace el hombre, se me criticó por imprudente. (Pero: ¿cómo debe ir a la guerra de la vida un hombre? Que los hombres respondan).

 Por hablar a la par de los hombres, me espiaron por el ojo de una cerradura e intentaron hacerme callar a través de terceros.

 Por acercarme demasiado al borde, me llamaron loca. Me dijeron que el borde era cosa de hombres, que la mujer debía permanecer en la cueva criando, calladita y sonriente. Entonces corrí la piedra y salí. La luz me deslumbró tanto que salté. Y me convertí en mujer.

 Soy mujer, y no sé, nunca supe ni sabré cómo llevar una etiqueta. Pero sé cómo llevarme yo.

 Soy mujer, y conozco otras formas de concebir. Yo vestí a mis hijos. Los relaté. Los transformé. Los compartí. Se los mostré al mundo. Algunos murieron entre mis manos y dentro de mi corazón; otros viven y otros fueron a parar a un bote de basura. ¿Horror? Puede una madre, además de amar, matar a un hijo con una sola palabra, así que no me creo el mito de la Eva pontificada. Sin embargo, de esto no se habla o se habla poco.

Soy mujer, y creo haber dicho ya que soy mi propia madre, y mis hermanas, mi abuela y mi bisabuela, mi mejor amiga, mi padre y mi abuelo, mis hijos, mi hogar. Soy sangre de mi sangre, carne y sangre y huesos de los hombres y mujeres de mi familia. Soy la tierra modelada por el misterioso ADN de Dios. Soy todo lo que grita, y también lo que calla. Una lágrima seca, un torrente de energía que asusta a las personas aún en formación.

 Porque eso soy: mujer. Pero ante todo, soy persona. Diferente por eso, y nada más. E idéntica a todos.